Entiendo que una de las muchas víctimas del Coronavirus es que nuestros queridos graduados no reciben una ceremonia de graduación. Les faltan ven alguna personaje y el valedictorian da el discurso de despidida. En su lugar, les ofrezco a Nuestro Señor y Salvador. El relato del Evangelio de hoy fue el discurso de graduación de nuestro Señor a los Apóstoles que fueron los primeros graduados de la escuela mesiánica de la divinidad. Sus palabras son bastante simples y hasta el punto sobre su misión y cómo estará con ellos.

 

De acuerdo la fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor, nos recuerda la humanidad que Jesús llevó al cielo. Es un poco como cuando el astronauta Niel Armstrong llegó en la Luna, “un pequeño paso para el hombre, un salto gigantesco para la humanidad”. Pero la Ascensión es un misterio más maravillo de la llegada del Señor al cielo, de la cosa que el Señor hizo. Tampoco se trata de los seguidores de Cristo esperando hasta que tengamos la oportunidad de unirnos a Él en el cielo. El punto de este discurso de despida es, Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, … enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado.”

 

En pocas palabras, comparten la fe. Nuestra fe enseña que Dios Todopoderoso en Su Omnisciencia nos ha colocado, con nuestros dones y talentos particulares para este tiempo, espacio y personas. Nos ha elegido libremente para esta tarea para hacer lo correcto, lo que está de acuerdo con la verdad, la justicia y la caridad. Al hacerlo, nos convertimos en un signo de esperanza para el mundo.

 

Sin duda, a menudo nos sentimos inadecuados, desconocidos o incluso temerosos. El próximo domingo celebramos cómo el Espíritu Santo encendió la conflagración del cristianismo en el mundo. En particular celebramos cómo esa misma Fuerza Divina otorgó los dones de Entendimiento, Sabiduría, Consejo y Ciencia. A través de nuestro Bautismo y Confirmación tenemos nuestro propio Pentecostés personal. Nosotros también recibimos estos regalos para la misión divina.

 

Después de la Ascensión de Nuestro Señor, los Apóstoles se dirigen a Jerusalén para orar y esperar como Jesús lo instruyó. Pero después de Pentecostés, no se quedan allí. Después de nuestra plena iniciación en la fe por la Confirmación y la Sagrada Comunión, no debemos estancarnos. Es contradictorio con la vida cristiana. Al final de todas y cada una de las misas, se nos recuerda esta misión, pero no se trata simplemente de: “Pueden irse en paz.” Ni tampoco, “Glorifiquen al Señor con su vida. Pueden ir en paz.” Ni “En el nombre del Señor, pueden ir en paz.” Ni “En la paz de Cristo, vayan a servir a Dios y a sus hermanos. O al fin, “Anuncien a todos la alegría del Señor resucitado. Pueden ir en paz.” Dice, Ite misa est. “Vayan, está mandado.” Es decir, el Espíritu Santo enviado por Jesús y su Padre está a la cabeza. Simplemente seguimos sus indicaciones.

 

“Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota…. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos… (P. Francisco, Gaudium Evangelii, #85)

 

Estamos seguros de la victoria. Jesús nos da el final de la historia. Mientras tanto, antes de ese momento triunfante, estamos llamados y equipados para hacer nuestra parte por Nuestro Rey, que desea expandir Su Reino en la tierra en los corazones y las mentes de la humanidad. Sora Janet Erskine Stuart dice: “Si observa la Historia Sagrada, la Historia de la Iglesia e incluso su propia experiencia … verá que la obra de Dios nunca se realiza en las condiciones ideales, nunca como deberíamos habernos imaginado o elegido”. (Manual de la Legión de María, # 24, p. 301) Es decir que nuestra estimación humana de las malas condiciones o la falta de talento no es un obstáculo para Dios. De hecho, escuchamos a Nuestro Señor decirle a San Pablo, «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad» (2 Co 12,9). ¡No hay excusas! Nuestras limitaciones no son obstáculos. Más bien son necesarios para el éxito. Así es como Dios trabaja. Él disfruta mucho al agregar Su Divina Gracia a nuestra naturaleza humana. Entonces tenemos que hacer nuestra parte para cooperar.

 

¿Cuántos hoy sucumben al miedo, la complacencia o las ideas falsas acerca de que todas las religiones son iguales? ¿No creemos que Jesús es el camino, la verdad y la vida? Transmitimos esto en voz alta cuando nuestras vidas está de acuerdo a la verdad de sus enseñanzas. Cuando ponemos nuestras vidas en su camino del estilo de vida moral, enseñamos mejor que cualquier defensa de la fe talentosa o inteligente. Esto también nos da el coraje de enseñar con valentía. Me pregunto si el compromiso popular de nuestras convicciones tiene más que ver con el compromiso de nuestro estilo de vida.

 

Está muy popular en los EEUU para los políticos católicos de decir, ‘Personalmente estoy en contra de aborto, pero en una sociedad como los Estados Unidos, no tenemos el derecho de imponer nuestras creencias a nadie. Lo que la gente quiere es lo que tenemos que aceptar.’ No aceptaríamos que un líder diga eso con respecto al racismo, el hambre, la ignorancia o la injusticia. El argumento es infiel y cobarde. Esto es una blasfemia para alguien que tiene los dones del Espíritu Santo de Fortaleza, Piedad y Temor del Señor.

 

Antes de que comenzara el tiempo, el Señor eligió ubicarnos aquí en este tiempo y espacio, con estas personas y con estos problemas. Puede que no nos sintamos expertos o preparados para la tarea, pero está bien, tampoco Moisés. Le dijo a Dios que no sabía hablar públicamente, ni a Jeremías. Le dijo al Señor que era demasiado joven, o Pedro. Le dijo a Jesús que lo dejara porque era un pecador, o incluso la Santísima Virgen María. Ella le dijo al arcángel que era una simple virgen.

 

La Ascensión del Señor nos reta a aceptar el mandato de nuestro Señor de compartir la fe y la confianza en Su promesa de que Él estará con nosotros hasta el fin de los tiempos. A medida que avanzamos cada día y asumimos la tarea en nuestras vidas con fidelidad y caridad, nos convertimos en un signo de esperanza en un mundo desesperado.

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